Mi historia, mi filosofía y mi meta

Mi historia, mi filosofía y mi meta es esta

Estaba obeso, muy obeso, 150 kilos de obesidad mórbida que levantaba todas las mañanas, sin haber dormido nada, ni dormía ni descansaba, no me dejaba la apnea del sueño. 

Ya tienes datos suficientes para hacerte una idea de la situación, y así un día y otro día y otro… el gordito feliz, el risueño, el chistoso, el gracioso del grupo, la diana de todas las bromas, el portero del equipo de futbol en el partido de casados contra solteros. Pero ese es otro tema, hoy quiero hablaros de como una cosa llevó a la otra y decidí encontrar la raíz del problema.

  Tenía que perder peso, era imprescindible para mi salud me decían los médicos, lo entendía, o creía entenderlo, porque luego me di cuenta que no entendía nada.

  Cuando te ves en la tesitura de perder peso por razones de salud, lo primero que se te ocurre es dejar de comer, entre otras cosas porque es lo que te dice el médico, “usted lo que tiene que hacer es comer menos y andar más”. Y se quedan tan panchos. Así que te vas a tu casa pensando eso, toda la culpa es mía porque no tengo cojones a dejar de comer. Te imaginas una persona que va al médico porque la pica la pierna y el médico le dijera, “pues usted lo que tiene que hacer es dejar de rascarse y ducharse más…” a que eso no es coherente, a que intentarían averiguar porque le pica la pierna a ese señor. Pues cuando llega un obeso lo tienen claro no hay que averiguar nada porque ya lo saben, está obeso porque come mucho. Caso cerrado.

La cuestión es que, a mí, no me valió la respuesta y quise averiguar por qué comía tanto, por qué tenía siempre tantas ganas de comer, por qué no me saciaba nunca, y cuando descubrí lo que pasaba, intenté ponerle remedio. 

   No ha sido fácil, ahora escribo esto y parece que lo hice ayer, que ha sido coser y cantar, pero ya son 4 años de aprendizaje continuo, y todavía sigo aprendiendo, equivocándome y corrigiendo cosas, pero cuando miro atrás, me doy cuenta que el obeso que era hace 4 años no es el mismo de ahora. Ha cambiado algo, sigo siendo el mismo, pero mi percepción es distinta, al principio quería perder peso, era una obsesión, la salud estaba en el fondo, pero no era lo primordial, lo primordial era estar delgado, comprarme ropa de “tallas normales”, que la sociedad me aceptara por tener un físico como el de la mayoría.

   Cambié mi alimentación, pero para perder peso, el cambio era única y exclusivamente para perder peso, no pretendía nada más, perder peso, ser delgado. Aprendí a cocinar y día a día veía como mi grasa desaparecía, mi talla de pantalón bajaba, mi ropa me venía grande, pero seguía sin darme cuenta de nada, solo que adelgazaba y que me sentía mucho mejor.

   Pasó el tiempo y había perdido mucho peso, diría que más de la cuenta, me sentía eufórico, estaba orgulloso de mi progreso y mi éxito. Hasta que un amigo, preocupado por mí y por mi obsesión me hizo una pregunta:

  • Oye ya está, ¿no?  Deberías dejar la dieta esa… te veo muy delgado, estoy empezando a preocuparme.

  Y aquí cambio todo.

¿Debía dejar la dieta? ¿Qué dieta? Si yo como mejor que antes, si como bien, si como lo que me gusta, si estoy aprendiendo a cocinar y sé que estoy bien nutrido. ¿Qué está pasando? ¿Qué ve mi amigo en mí, que yo no veo? ¿Puede que esté enfermo y no lo sepa? 

Solución, ir al médico, (el mismo que me decía que tenia que dejar de comer y andar más, sí…)hacerme un chequeo rutinario y contarle la situación, pedir consejo profesional e intentar resolver todas estas incógnitas.

Resultado: analítica perfecta y estado físico perfecto y mi médico pidiéndome información sobre mi alimentación (libros, papers, documentales, charlas ted, etc…)para investigar y ponerse al día en evidencia científica sobre alimentación y obesidad. 

Físicamente era otra persona, ya no era el mismo y eso me estaba pasando factura emocionalmente, lo que mi médico me hizo ver fue la diferencia. 

Dormía bien, me levantaba con energía, estaba nutrido y comía de forma saludable, pero había otros muchos cambios, estaba activo, salía a caminar, a jugar con las niñas, iba al gimnasio, me desplazaba en bici, pero sobre todo una cosa había desaparecido. Los medicamentos, ni pastillas para la tensión, ni pastillas para el colesterol, ni pasillas para los ardores de estómago, ni máquina para dormir por la apnea, ni tan siquiera una mísera pastilla para el resfriado…

Así que fui en busca de mi amigo y le dije: 

  • He estado en el médico y me ha dicho que está todo en orden y que lo único que ha visto es que ya no debo medicarme. Y que todo esto se lo debo a mis nuevos hábitos de vida , mi alimentación y a mi actividad física diaria. Sé que te preocupas por mí, y lo agradezco y lo valoro como amigo, pero el que soy ahora es el que siempre quise ser, y nadie me enseñó a conseguirlo. Estoy bien.

 

   Ahora me doy cuenta de las tres palabras clave: información, formación e implicación.  Informase de todos los avances en investigación y evidencia científica sobre la obesidad, saber que es un problema multifactorial y que su abordaje requiere formación, ( me queda muy poquito para terminar el grado superior de dietética, si, a mis 47 años, orgulloso, feliz y algo agobiado con los exámenes), y sobre todo implicarse uno mismo en buscar y encontrar la raíz del problema. 

   Perder peso es una consecuencia y no una meta, cada paso es ganar salud, sentirme bien, cuidarme para llevar una vida, sana y activa, ser feliz, ver crecer a mis hijas, y procurar ir al médico lo menos posible. 

   Nadie está exento de contraer enfermedades, las desgracias ocurren, hay tragedias imprevisibles que nos pueden ocurrir en cualquier momento, pero tenemos en nuestra mano la posibilidad de evitar que algunas enfermedades lleguen tan fácilmente. 

Los medicamentos están para curar las enfermedades, nosotros tenemos la responsabilidad de prevenirlas y el deber de intentarlo, por nosotros, por nuestra familia, por nuestra propia felicidad. La meta es la vida.

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